Día Mundial del Malbec: ¿puede el vino emblema de Argentina consagrarse como el mejor del planeta?

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El camino iniciado en el siglo XIX permitió al varietal desarrollar rasgos distintivos y consolidarse como símbolo nacional y motor de exportaciones, con una producción marcada por el trabajo de generaciones y la diversidad territorial

Este viernes 17 de abril es el Día Mundial del Malbec. Sin dudas, la vitivinicultura argentina reafirma su liderazgo global a través de una cifra que ilustra su magnitud: cerca de 50.000 hectáreas de esta variedad se cultivan en el país, lo que representa la mayor extensión mundial dedicada a esta uva emblemática.

El protagonismo de Argentina se construyó en torno a un proceso histórico de adaptación única y constante diferenciación local, que proyecta a la industria hacia un futuro de reconocimiento internacional sostenido.

La cepa llegó a Argentina a mediados del siglo XIX desde Burdeos, cuando Michel Aimé Pouget la introdujo cumpliendo un encargo de Domingo Faustino Sarmiento. Sin embargo, tras más de ciento cincuenta años de presencia en el país, ese linaje francés evolucionó: las selecciones masales originales dieron lugar a clones y variantes locales, perfectamente adaptados a los múltiples terruños nacionales.

Este proceso, lejos de ser anecdótico, explica que hoy Argentina sea la referencia global en Malbec y que la cepa sea, en palabras del ingeniero Alberto Arizu (h), presidente ejecutivo de Luigi Bosca, el factor que “convirtió al origen en una cualidad central del vino”.

Ante la inquietud de si el Malbec argentino puede alcanzar la distinción de mejor vino del mundo. Además, cabe hacer un repaso histórico para dimensionar el fenómeno.

Los hacedores del Malbec argentino: visiones, experiencias y reflexiones

Alejandro Vigil, enólogo jefe de Bodega Catena Zapata, describió el proceso de descubrimiento de la variedad: “Al principio, todo cerraba, pero el vino no tenía historia, lo que con el tiempo se vuelve difícil de sostener. El Malbec me resultaba demasiado cómodo; todo encajaba, pero no había tensión ni pregunta, y ahí empecé a desconfiar de esa facilidad. Cuando lo entendí, cambió todo: el Malbec no era una variedad, era un traductor, alguien que habla todos los idiomas del suelo, aunque muchas veces lo hacemos callar”. Vigil enfatizó su búsqueda de un vino con “tensión, textura y piedra, que incomode y obligue a pensar”, superando el simple abordaje de Malbec argentino para concebir “lugares en forma de Malbec”.

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Vigil afirmó además: “El terruño lo es todo: el Malbec sin lugar es un buen vino, pero con lugar es un gran vino; el terruño no es solo el suelo, es la historia de cómo ese suelo fue trabajado, entendido y respetado, la decisión de no intervenir cuando no hace falta y de intervenir cuando sí; para mí, el terruño es una construcción humana sobre una base natural, y el Malbec es la herramienta más sensible para mostrarlo”. Para el consumidor, recomendó: “No tome al Malbec como una certeza, sino como una pregunta, que no busque siempre el mismo sabor y se permita descubrir que un Malbec puede ser tenso, filoso, austero o profundo y silencioso; el Malbec no es una zona de confort, es un mapa, y cada botella es una coordenada distinta”.

Por su parte, Francisco Fraguas, fundador de Entrometido Wines, expresó: “El Malbec es una variedad increíble, que lo tiene todo: color, aroma, taninos y acidez si se la maneja bien, una variedad para hacer vinos de altísima calidad; formó parte del primer Entrometido Colección, un blend de Malbec y Cabernet Franc. Una de las virtudes más destacadas del Malbec es su gran versatilidad al terruño; es notable la diferencia que muestra esta variedad según la zona de origen, y desde nuestro punto de vista, el terruño es el factor fundamental para lograr un gran Malbec”.

Fraguas instó a los consumidores a experimentar con la gama de posibilidades: “La riqueza del Malbec en nuestro país es infinita y no hace falta ser experto para reconocerla y disfrutarla”.

Hervé J. Fabre, de Fabre Montmayou, recordó su decisión de invertir en Argentina por el Malbec: “No me había equivocado. Vi en esa uva, que a inicios de los años noventa era poco conocida y difundida en el mundo, la posibilidad de diferenciarnos tanto ante el público como ante la prensa con un vino de alta calidad”.

Fabre subrayó el rol del terruño: “Es fundamental producir grandes uvas que solo se obtienen en grandes terroirs; el terruño está conformado por la geología, el clima, el rendimiento y el savoir faire del viñatero. Constituye el elemento más importante para alcanzar un Malbec de calidad”. Además, recomendó: “Un consumo moderado de vino, preferentemente Malbec, protege la salud cardiovascular y mejora la calidad de vida”.

Para Gonzalo Serrano Alou, enólogo de Anaia Wines, la elaboración de Malbec representó una profunda responsabilidad y fascinación por su nobleza: “Mi primer Malbec fue en Luján de Cuyo, junto a Pablo Cúneo, cuyas enseñanzas sobre la búsqueda de la expresión varietal sigo recordando cada cosecha. Comprendí que el Malbec es un libro abierto: si sabes leerlo, revela todo sobre su lugar de origen”.

Serrano Alou calificó el terruño como “la base de todo”, equiparando el rol del enólogo al de un “director técnico” que debe interpretar y definir el estilo del vino según el suelo y el clima. Subrayó la importancia de abordar cada añada “con curiosidad y celebrando el encuentro”.

El Malbec y la revolución del vino argentino en cifras y territorios

La superficie cultivada de Malbec en la actualidad —casi 50.000 hectáreas diseminadas a lo largo del país— constituye un capital productivo imposible de encontrar en otras latitudes. A diferencia de variedades internacionales como Cabernet Sauvignon, Merlot o Pinot Noir, el Malbec ofrece a Argentina no necesariamente una opción superior, sino un atributo diferencial clave: exclusividad combinada con adaptabilidad.

El Malbec, originario de Cahors (Francia), encontró en la diversidad de paisajes y suelos argentinos la oportunidad para expresar un abanico estilístico inédito, donde cada región —del Norte a la Patagonia— imprime en la variedad una identidad específica. Este fenómeno permite al productor argentino ofrecer en las copas no solo vinos agradables y frescos, sino tintos de notable versatilidad capaz de acompañar innumerables estilos culinarios, siempre con una textura dócil e identitaria.

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Como principal consecuencia de este proceso, la industria vitivinícola argentina consolidó en el Malbec una llave de acceso privilegiada a la escena global. El varietal, gracias a su calidad reconocida, abrió la puerta para que los consumidores del mundo asociaran a la Argentina con vinos de autoría propia y proyección internacional.

Otros ejemplos de esta diversidad son etiquetas como Universo Malbec de Bodega Malma, de la Patagonia, que ofrece una expresión intensa y elegante definida por notas de frutas rojas, violetas y matices especiados procedentes de la crianza en roble. Se destaca por su estructura equilibrada y un final sostenido en boca. Otro caso emblemático es Pulenta Estate Malbec, un exponente de perfil clásico de la variedad, que sobresale por aromas a frutas rojas, flores y notas de vainilla y chocolate. Su estructura, equilibrio y persistencia reflejan la riqueza de los terroirs de Agrelo y Valle de Uco.

Extraído de: INFOBAE

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