ADOLESCENCIA, LA SERIE DE NETFLIX QUE PLANTEA EL ROL DE LA ESCUELA EN LA MASCULINIDAD EN LOS NIÑOS Y JÓVENES

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Expertos en educación y perspectiva de género abren el debate desde distintas perspectivas, pero con una convicción común: transformar la masculinidad es también una tarea colectiva y pedagógica

La adolescencia es una etapa atravesada por preguntas intensas sobre la identidad, el cuerpo, las emociones y el deseo de pertenecer. Para los varones jóvenes, esas preguntas suelen chocar con un modelo de masculinidad que sigue premiando el control, la fuerza y la negación de la vulnerabilidad. En ese contexto, hablar de nuevas masculinidades no es solo un ejercicio teórico: es una urgencia social.

A propósito del estreno de la serie Adolescencia, una producción original de Netflix creada por Jack Thorne y Stephen Graham, dirigida por Philip Barantini, tres expertos en temas de educación y género hablaron con Infobae para reflexionar sobre el papel de los entornos escolares en la formación de los adolescentes y su relación con la masculinidad.

Nicko Nogués, director del Instituto de Machos a Hombres (IDMAH), y Aranzazú Belmont Flores y Sergio Reyes Pantoja de la Coordinación para la Igualdad de Género de la UNAM, hablaron sobre el rol que juegan las escuelas en la reproducción o ruptura del machismo, el por qué las emociones siguen siendo un territorio prohibido para los hombres, y cómo pueden las instituciones educativas ofrecer otros modelos para habitar la masculinidad.

El caso ficticio que se presenta en la serie funciona como pretexto para una conversación urgente sobre lo que están viviendo los varones en México y en América Latina.

La masculinidad aprendida, emociones prohibidas y violencia

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Desde la infancia, los varones son socializados en un esquema que privilegia la fuerza y el control emocional, dejando fuera la tristeza, el miedo y la ternura. La violencia se convierte así en un lenguaje aprendido y validado para resolver conflictos, una herramienta de reafirmación frente a la frustración.

“Cuando viene un conflicto o una frustración, a pesar de que nos sintamos tristes, lo resolvemos desde el enojo”, explica Sergio Reyes Pantoja, del Programa Integral de Trabajo con Hombres de la UNAM. “Pareciera ser que lo único que a los hombres nos permiten sentir es la ira, y eso está directamente vinculado a cómo nos enseñan a ser hombres desde la infancia”.

Esta educación emocional limitada tiene consecuencias profundas, sobre todo en contextos escolares donde las normas de género se refuerzan ante la convivencia con las y los otros. La serie Adolescencia ilustra este proceso con crudeza: un joven rechazado por una compañera recurre a la violencia extrema como forma de validación ante su grupo de pares.

Para Aranzazú Belmont Flores, de la Dirección de Políticas de Igualdad y No Discriminación de la UNAM, lo que se ve en pantalla no es un caso aislado, sino “parte del lenguaje de la masculinidad hegemónica, en el que no te puedes mostrar débil ante nada”. La presión por sostener esa fachada de control y dominación lleva a muchos adolescentes a “hacer cosas para encajar, incluso si eso implica agredir, callar, manipular o dañar a otras personas”.

Las emociones, lejos de ser gestionadas o acompañadas, son censuradas desde los vínculos más cercanos, como en la relación del protagonista y su padre, lo que reafirma la construcción de la masculinidad a partir de evitar en lugar de expresar. Ese patrón, además, se replica entre generaciones. “Todo viene desde el abuelo, del cómo su papá aprendió a socializar sus emociones y cómo eso se lo transmitió al hijo”, agrega Aranzazú Belmont. “Es una herencia emocional que arrastramos y que muchas veces no se nombra, pero que determina nuestra forma de enfrentar los conflictos”.

Desde su experiencia al frente del Instituto de Machos a Hombres, Nicko Nogués lo ha visto con claridad: “Hay un estereotipo de masculinidad predominante que limita la emocionalidad, imposibilita el hablar de los problemas, y valida solo ciertas emociones: la ira, el enfado, el enojo”. Esta lógica, dice, “es la que está alimentando la polarización social que vemos hoy en día, tanto en las aulas como en redes sociales”.

Para los tres especialistas, romper con este modelo implica abrir espacios de escucha, reaprender formas de vinculación y, sobre todo, nombrar aquello que durante generaciones fue silenciado.

Desconexión emocional, una herencia patriarcal

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La masculinidad tradicional no solo se construye en el presente: se hereda junto con la incapacidad para decir “estoy triste”, “tengo miedo” o “necesito ayuda”. Es una transmisión silenciosa -pero efectiva- que pasa de abuelos a padres y de padres a hijos. Las emociones, si no fueron nombradas en casa, tampoco serán habladas en la adolescencia.

“Se vuelve un ‘no sé qué hacer’ y una necesidad no resuelta. Es ahí donde entra la captación de los discursos más machistas y misóginos en internet”, advierte Sergio Reyes Pantoja. Sin figuras paternas presentes emocionalmente, muchos adolescentes buscan respuestas fuera. “Al tener necesidades de comunicación y conexión, los varones terminan cayendo en redes que prometen pertenencia, poder, control”. Nogués, del Instituto de Machos a Hombres, agrega que las redes son esa ventana infinita donde los adolescentes encuentran las respuestas a sus dudas sociales, emocionales y de identidad.

Para Aranzazú Belmont Flores, la clave está en esa normalización del desapego afectivo, donde los padres suelen desvincularse de sus hijos y “darles su espacio” aún cuando los ven encerrados en sus habitaciones sin tener más interacciones sociales. Y aunque ahora agudiza con las redes sociales, el director de IDMAH, este no es un problema único de esta generación.

Nicko Nogués coincide en que esa cadena se sigue replicando, pero ahora bajo condiciones más peligrosas: “Antes, por lo menos, había un contexto histórico para entender el problema. Hoy, todo es inmediatez. No hay tiempo para pensar, solo para reafirmar sesgos. No hay escucha en casa, y lo que no se habla ahí, lo contesta el algoritmo”.

Esta desconexión emocional no es solo individual, también es colectiva. “Hay una desconexión brutal entre el mundo adulto y los jóvenes”, subraya Nicko Nogués. “Y es justamente esa distancia la que hace que no sepan cómo gestionar sus emociones, cómo relacionarse, cómo pedir ayuda sin sentir vergüenza”.

Los entornos escolares

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Las escuelas, lejos de ser espacios seguros, pueden convertirse en escenarios donde se reproduce la jerarquía emocional a través de burlas,acoso, violencia simbólica y silencios por parte de las instituciones. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en México el 24% de los estudiantes de nivel secundaria y bachillerato han sido víctimas de bullying. A nivel mundial, uno de cada tres alumnos dijo haber sufrido acoso escolar, y más de tres de ellos se involucraron en peleas físicas entre compañeros durante 2024.

Aunado a ello, se junta la falta de autoridad por parte de los docentes con ataques y acosos de parte de los estudiantes hacia ellos, o de otros compañeros de trabajo. De acuerdo con un artículo de Blackboard Talk publicado en 2019, entre un 24 % a un 46 % de los maestros encuestados admitió ser intimidado y acosado en algún punto de su carrera y un 89 % de los maestros admitieron haber visto hostigamiento por parte del personal de la escuela. Un informe de 2022 del Sindicato Independiente de docentes en España mostró que las agresiones contra profesores y profesoras crecieron un 6%, respecto a las cifras registradas antes de la COVID-19, en los entornos de secundaria y bachillerato.

Belmont Flores destacó la gravedad de este asunto, pues a través de estos espacios se valida la violencia por medio del mensaje de “aquí se sobrevive dominando”. Lo que en realidad prodría prevenirse con un fuerte vínculo emocional entre el profesorado y el estudiantado, termina provocando una bola de nieve casi imparable que detona comportamientos violentos en todos los niveles.

El resultado es una adolescencia hipervigilada en lo externo (que se enfoca solo en la apariencia), pero abandonada en lo interno debido a una desatención total hacia las necesidades emocionales de los jóvenes, lo cual desencadena en miedo, ansiedad e ira.

El internet como una escuela paralela

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Mientras el sistema escolar no atiende las necesidades de los estudiantes, las redes sociales asumen el rol de formadoras de subjetividades. Pero lo hacen desde la lógica del algoritmo, no del cuidado, explica Nicko Nogués. La manosfera —ese conjunto de espacios digitales que promueven discursos machistas, misóginos y antifeministas— se ha vuelto uno de los principales entornos de socialización para los adolescentes varones.

“Las redes son una ventana a los referentes emocionales, identitarios y vinculares de los jóvenes; desafortunadamente, están llenas de pseudo gurús que les dicen cómo deben ser hombres, basados en un estereotipo de masculinidad que premia la dureza y castiga cualquier signo de vulnerabilidad”, afirma el director del Instituto de Machos a Hombres.

Estos contenidos no solo son accesibles para las infancias y juventudes, sino también se vuelven adictivos. “La economía de la atención está mercantilizando las emociones de los jóvenes. Lo que más se expone, lo que más se premia en redes, es lo que genera odio, polarización y reafirmación de sesgos. Eso es lo que el algoritmo alimenta”, resalta Nogués.

El director del IDMAH agrega que esto da paso a las comunidades como las derivadas del término incel, proveniente de involuntary celibacy (célibe involuntario), de hombres conservadores que replican estereotipos de género que desfavorecen a las mujeres.

Los especialistas de género de la UNAM advierten que las necesidades emocionales no resueltas no solo se responden desde la ignorancia en estos espacios digitales, sino que también perjudica más a quienes no tienen una red de apoyo fuera de internet en donde puedan encontrar un espacio saludable sin discursos de odio.

Extraído de: INFOBAE

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